domingo, 10 de julio de 2011

Ayer fue Sábado. Para desprendernos de la rutina de conferencias, oficinas e insomnios que nos ha acompañado desde los primeros días, decidimos tomar un respiro y pedirle a nuestra compañera de piso, Lei, que tuviese la amabilidad de acompañarnos hasta Makati City, el centro financiero de Metro Manila donde operan las sedes de empresas, embajadas y organismos internacionales. Nada más salir de la casa, de nuevo, la omnipresente y densa lluvia a la que la mecánica constancia ya nos tiene acostumbrados. Tras lidiar con calles transitadas por cientos de filipinos y aceras gris oscuro en las que los vendedores callejeros se agolpan con sus puestos de comida, llegamos a la parada del autobús que nos llevará a la estación de trenes necesaria para no soportar el tráfico intenso y la contaminación de las calles de camino a Makati. En un autobús viejo y cargado por la constante humedad del ambiente un grupo de niños vestidos con harapos mendiga a todo viajero unas monedas para paliar momentáneamente los efectos de su pobreza. Al llegar a nuestro destino, los dejo pasar delante y descubro como todos ellos van descalzos posándose sobre un asfalto sucio y contaminado por el que discurre agua negra fruto de las corrientes formadas por la lluvia. Tras atravesar varios pasos elevados sobre las hileras de automóviles que se increpan ferozmente con sus claxons, llegamos a la estación de tren; gris, abarrotada de gente, nos obliga a esperar entre las numerosas personas que se agolpan para sacar algún tipo de billete en sus taquillas. Durante lo que dura el trayecto a Makati (que hacemos en uno de esos trenes elevados sobre el resto de edificios) no dejo de pensar en la pobreza que llena cada rincón del cinturón metropolitano de Manila; familias enteras durmiendo en la calle tumbadas sobre la acera, casas de 10 metros cuadrados levantadas con palos en cualquier esquina, niños semi desnudos jugando en los charcos de agua sucia que se forman en los agujeros del asfalto destrozado… Pienso en el porqué de todo este absurdo y me recorre la indignación y la impotencia hasta hacerme hervir la sangre.

Finalmente, llegamos a Makati City y encontramos un panorama completamente distinto a lo visto hasta el momento; calles amplias y arregladas con aceras que permiten un tránsito ordenado de sus habitantes, rascacielos que se elevan hasta las nubes en feroz competición por desbancar al de al lado, centros comerciales que se extienden a lo largo de la ciudad constituyendo en sí mismos una urbe bajo cúpulas de cristal y luces artificiales… “Hay 12 macrocentros comerciales en Makati City –nos dice Lei-, y todos están conectados de modo que puedes pasar de uno a otro sin siquiera tener que salir a la calle”. Cuando dice “macrocentros comerciales” se refiere, efectivamente, a algo que no vemos habitualmente en España; lujosos complejos de 4 o 5 pisos prolongándose casi kilómetros para albergar todo tipo de tiendas y restaurantes en los que invertir una vida siempre que seas lo suficientemente rico como para poder pagarla. Y hay doce.

Mi indignación crece por momentos y, durante todo el tiempo que pasamos dentro de esas moles de opulencia y consumismo desenfrenado, no puedo dejar de sentirme incómodo, violento, furioso, con ganas de gritar o de poner una bomba en pleno centro y mandar todo a la mierda para acabar esta burla hacia la dignidad humana.

Al segundo o tercer día de llegar a Filipinas alguien nos dijo: “Esta bien que vayais a Cordillera y Bukidnon a conocer como viven los indígenas y los campesinos porque, ¿sabeis? aquí en el Sur tenemos la impresión de que en el Norte no entendéis que una guerra sangrienta pueda estar justificada”. Cuando ves esta miseria, cuando ves niños descalzos y harapientos pisando el asfalto sucio donde se forman charcos de agua negra, mientras que a unos pocos metros se levantan opulentos edificios para centros comerciales que ocupan media ciudad, no te hace falta viajar a las provincias para desear tener un arma en tus manos y sumarte a una insurgencia que acabe con los responsables de este sinsentido.

Sin poder soportarlo más, digo a Lei que odio los centros comerciales y que si por favor podemos ir a pasear por la calle o visitar algún parque en el que no haya que tener dinero para sentirse persona. Acepta mi petición y pasamos el resto de la tarde en una cafetería al lado del parque central de la ciudad. Poco después, cenamos Pancit Canton (Noodles con verduras filipinas) en un restaurante y, finalmente, agotado por la cantidad de emociones experimentadas, decidimos volver a casa para poder digerir todas las impresiones del día…

3 comentarios:

  1. ¡¡Sigue escribiendo, es como estar allí!! Consigues que me recorra la misma indignación, y es genial que no sea pena lo que siento, sino ira ante tanta injusticia internacional. ¡Que siga el blog! ¿Se puede compartir? (solo un poquito, con un par de personas contadas a las que creo que puede interesar, aunque si te incomoda no).
    ¡Un abrazo enorme!

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  2. Todo tuyo, Ana =)
    Gracias por el comentario. Yo tambi'en leo el tuyo, pero tienes a tus fans un poco desatendidos 'ultimamente... (con eso de que ahora te codeas con embajadores... ;P ). Escribe pronto otra entrada, mujer! Y, si sigues as'i, propongo que te nombremos Alta Representante de IEPALA en Quito, o Relatora Especial, como tu prefieras... Vaya labor de diplomacia que llevas! =)
    En fin, un abrazo y esperamos noticias =)

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  3. ¡Gracias, lo compartiré!

    Tienes razón, es que me da tremenda pereza escribir... Mi última reunión ha sido en la Defensoría del Pueblo, con el Señor Defensor y su Consejo (formado por personas profesionales en defensa de DDHH). Es espectacular lo distintas que son tus pasantías de las mías. Al menos de momento, tengo previsto viajar todo lo que pueda...
    Un abrazote :-)

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