domingo, 10 de julio de 2011

El otro día Angie, nuestra "tutora" en las prácticas sobre el terreno aquí en Filipinas, nos propuso emplear el fin de semana en conocer a su novio, Frank, y a la abuela de este la cual, dada su condición de persona nonagenaria, domina el español pues era lengua común antes de que la influencia norteamericana acabase por desplazarlo. Un poco hastiados del panorama excluyente de “bien edificios ultramodernos y ostentosos, bien precarias chabolas construidas en cualquier parte” (y, a veces, es sobrevalorarlas el llamar chabola a esas construcciones; muchas son simplemente armarios o muebles a los que se ha añadido un colchón para poder dormir dentro por las noches), le pedimos a Angie y Frank que nos lleven al centro histórico de Manila para poder disfrutar de un poco de arquitectura alejada tanto de la precariedad como del exceso. Intramuros es ese centro histórico; la ciudad amurallada desde la que los españoles controlaban la colonia (centro neurálgico del tráfico oceánico América – Asia y del comercio de la plata boliviana con las “indias”) y donde los “los últimos de Filipinas” resistieron la ofensiva de la insurgencia independentista Katipunan hasta que las fuerzas imperialistas norteamericanas llegaron para aplastar a ambos (1898, remember la pérdida de Cuba y Puerto Rico).

Nada más bajar del tren, desde el andén de la estación Frank señala a una cerca hecha con palos de madera y alambre similar a un corral de gallinas y dice: “eso es una casa”. Efectivamente, en los apenas 3 metros de largo por dos de ancho que ocupa la cerca se agolpan un colchón sobre la acera, algún mueble viejo y una madre y un niño alrededor de un pequeño cazo sobre el fuego. En pleno centro de la ciudad conviven los edificios institucionales de la época colonial con ruinosas “construcciones” levantadas espontáneamente por quienes buscan un lugar a orillas del asfalto. Después de una breve visita al museo nacional (interesante, aunque reformándose en su mayor parte en ese momento) nos dirigimos a Intramuros y paseamos por su muralla donde pesados cañones de los siglos XVI y XVII otean el horizonte ante la posible amenaza de un invasor enemigo. Dentro, sin embargo, es donde encontramos las realidades de mayor interés para nosotros. Allí, la inexistencia de tráfico rodado más allá de los “triciclos” (bicicletas con sidecar) utilizados para transportar a los turistas por la ciudadela resulta un alivio para nuestros maltratados oídos y, pese a que los edificios no son tampoco nada del otro mundo, que al menos el trazado de las calles y su estado general esté bien conservado ya es algo que agradecemos. Como he dicho, lo más interesante se revela “dentro”, cuando Angie y Frank nos proponen visitar una de las comunidades pobres instaladas en medio de este atrayente centro turístico y en los que Frank ha estado trabajando para organizar a sus habitantes de cara a poder reivindicar sus derechos ante las autoridades y empresas que tratan de desalojarlos (por supuesto, sin darles ninguna alternativa aceptable de realojamiento, con lo que lo que harán será mover el problema de un lado para otro para que el centro turístico quede despejado de elementos “indeseables”).

Las “Comunidades” son en realidad asentamientos improvisados levantados a base de materiales recogidos por las calles en las que, por supuesto, no existe ningún servicio mínimo que garantice la habitabilidad y la salubridad de las mismas: no hay agua corriente (ni, por lo tanto, potable), ni electricidad, ni gas para cocinar o calentar el agua, ni servicios de recogida o tratamiento de basuras ni, finalmente (imaginaros las condiciones), baños. Por supuesto, ni hablar de escuelas o centros de salud. En total, sobre 5.000 personas conviven en Intramuros, pleno centro de Manila, sin las más mínimas condiciones requeridas para mantener una vida digna. Aquí son 5.000, pero Erik (el chico que voluntariamente trabaja en las comunidades viviendo día a día con ellos en estas condiciones) me dice que hay comunidades a lo largo y ancho de Metro Manila (aprox. 9 millones de personas) y que algunas llegan a tener la locura de 40.000 habitantes (todos en las mismas circunstancias).

Gracias a la traducción del tagalo al inglés que hace Angie podemos hablar con algunos de sus residentes mientras niños de 3 o 4 años juegan a nuestro alrededor y se divierten con nuestra presencia. Nos cuentan su situación de desamparo (nadie atiende a sus peticiones ni hacen nada por solucionar sus problemas) y denuncian el desempleo y la marginación que les afecta. En ese momento, recuerdo que a la entrada de la ciudadela he visto un cartel de la Aecid y me pregunto a que coño se dedicará la cooperación española en Filipinas.

Tras adentrarnos por uno de los callejones del asentamiento, no puedo reprimir la inquietud ante lo oscuro e impracticable del camino, y reparo en una enorme araña que se balancea en la esquina de madera de una chabola bajo la cual juegan un niño y una niña desnutridos. Veo las caras de la gente, las planchas de conglomerado, trozos de plástico y sábanas rotas que componen las paredes de las casas y, de nuevo, me sumo en la impotencia por el total desconocimiento y desatención hacia estas realidades en todos los niveles y lugares. Me hacen sentir mejor, sin embargo, las palabras de sus habitantes, sus relatos acerca de cómo tratan de organizarse para poder defenderse y encontrar soluciones. Pienso en qué lejanos somos y qué poco comprendemos estas situaciones en el “primer mundo”: hablando con ellos siento más palpablemente que nunca como el cristal que nos separa se difumina, y entiendo que son personas con motivaciones, razones, problemas y sentimientos exactamente iguales que los nuestros y que tienen todo el derecho del mundo a luchar por sus derechos para defender del modo que consideren más oportuno (palos y piedras contra las autoridades mediante, si hace falta) unas condiciones de vida dignas. No puedo dejar de sentirme como un sucio perro burgués al escribir algo como esto, pero creo que es justo y necesario que lo haga…

Finalmente, abandonamos intramuros en dirección al parque José Rizal (héroe nacional en Filipinas, contra el que mis compañeros despotrican al considerarlo una figura “impuesta” por el neocolonialismo americano ante la incomodidad de reconocer a otros héroes verdaderamente revolucionarios) y pienso lo admirable de la labor de Erik, Angie y Frank al integrarse con esta gente más allá del discurso y postura revolucionarias para hacer realidad la revolución sobre la que tantos otros escriben (escribimos) sin moverse de su silla...

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